La política como vocación [Weber, Max]
Max Weber: La política como vocación[1]
La conferencia que se resume no trata las cuestiones relativas a la política que se debe hacer, es decir, al contenido que debemos dar a nuestro quehacer político. Estas cuestiones, según Weber, nada tienen que ver con el problema general, de qué es y qué significa la política como vocación.
¿Qué entendemos por política? Por política entenderemos solamente la dirección o la influencia sobre la trayectoria de una entidad política, aplicable en nuestro tiempo al Estado.
Todo Estado está fundado en la violencia, dijo Trotsky en Brest-Litowsk. Objetivamente esto es cierto. Si solamente existieran configuraciones sociales que ignorasen el medio de la violencia, habría desaparecido el concepto de “Estado” y se habría instaurado lo que, en este sentido específico, llamaríamos “anarquía”.
Lo distintivo de nuestro tiempo (la modernidad y la posmodernidad) es que a todas las demás asociaciones e individuos sólo se les concede el derecho a la violencia física en la medida en que el Estado lo permite. El Estado es la única fuente del “derecho” a la violencia.
Entonces política significaría la aspiración (Streben) a participar en el poder o a influir en la distribución del poder entre los distintos Estados o, dentro de un mismo Estado, entre los distintos grupos de hombres que lo componen.
El Estado, como todas las asociaciones o entidades políticas que históricamente lo han precedido, es una relación de dominación de hombres sobre hombres, que se sostiene por medio de la violencia legítima (es decir, de la que es considerada como tal). Para subsistir necesita, por tanto, que los dominados acaten la autoridad que pretenden tener quienes en ese momento dominan.
En principio (para comenzar) existen tres tipos de justificaciones internas, para fundamentar la legitimidad de una dominación:
(a) La legitimidad del “eterno ayer”, de la costumbre consagrada por su inmemorial validez y por la consuetudinaria orientación de los hombres hacia su respeto. Es la legitimidad “tradicional”, como la que ejercían los patriarcas y los príncipes patrimoniales antiguos.
(b) La autoridad de la gracia (carisma) personal y extraordinaria, la entrega puramente personal y la confianza, igualmente personal, en la capacidad para las revelaciones, el heroísmo u otras cualidades de caudillo que un individuo posee. Es esta autoridad “carismática” la que detentaron los Profetas o, en el terreno político, los jefes guerreros elegidos, los gobernantes plebiscitarios, los grandes demagogos o los jefes de los partidos políticos.
(c) La legitimidad basada en la “legalidad”, en la creencia en la validez de preceptos legales y en la “competencia objetiva fundada sobre normas racionalmente creadas, es decir, en la orientación hacia la obediencia a las obligaciones legalmente establecidas; una dominación como la que ejercen el moderno “servidor público” y todos aquellos titulares del poder que se asemejan a él.
Estas ideas de la legitimidad y su fundamentación interna son de suma importancia para la estructura de la dominación. Los tipos puros se encuentran muy raramente en la realidad, pero hoy no podemos ocuparnos aquí de las intrincadas modificaciones, interferencias y combinaciones de estos tipos puros. Esto corresponde a la problemática de la “teoría general del Estado”. Lo que interesa a Weber en su conferencia, es el segundo de estos tipos la dominación producida por la entrega de los sometidos al “carisma” puramente personal del “caudillo”.
El caudillaje ha surgido en todos los lugares y épocas bajo uno de estos dos aspectos, los más importantes en el pasado: el de mago o profeta, de una parte, y el de príncipe guerrero, jefe de banda o condottiero, de la otra.
Sin embargo, lo propio de Occidente es el caudillaje político.
Surge primero en la figura del “demagogo” libre, apariencia en el Estado-Ciudad, que es también creación propia de Occidente y, sobre todo, de la cultura mediterránea, y más tarde en la del “Jefe de Partido” en un régimen parlamentario, dentro del marco del Estado constitucional, que es igualmente un producto específico del suelo occidental.
Estos políticos por “vocación” no son nunca las únicas figuras determinantes en la empresa política, de la lucha por el poder. Lo decisivo en esta empresa es, más bien, el género de medios auxiliares que los políticos tienen a su disposición.
Toda empresa de dominación que requiera una administración continuada necesita, por una parte, la orientación de la actividad humana hacia la obediencia a aquellos señores que se pretenden portadores del poder elegido y, por la otra, el poder de disposición gracias a dicha obediencia, sobre aquello bienes que, en su caso, sean necesarios para el empleo del poder físico: el equipo de personal administrativo y los medios materiales de la administración.
Para mantener cualquier dominación por la fuerza se requieren ciertos bienes materiales externos, lo mismo que sucede con una empresa económica. Todas las organizaciones estatales pueden ser clasificadas en dos grandes categorías según el principio al que obedezcan:
(a) En una, el equipo humano (funcionarios o lo que fueren) con cuya obediencia ha de contar el titular del poder, posee en propiedad los medios de administración, ya sea que estos consistan en dinero, edificios, material bélico, parque de transporte, caballos o cualquier otra cosa.
(b) En otra, el cuadro administrativo está separado de los medios de administración, en el mismo sentido en que hoy en día el proletario o el empleado “están” separados de los medios materiales de producción dentro de la empresa capitalista.
A la asociación política en la que los medios de administración son, en todo o en parte, propiedad del cuadro administrativo dependiente, la llamaremos asociación “estamentalmente” estructurada.
En todas partes, incluso en las configuraciones políticas más antiguas, encontramos también la organización de los medios materiales de la administración como empresa propia del señor. Todas las formas de dominación patriarcal y patrimonial, el despotismo de los sultanes y el Estado burocrático pertenecen a este tipo, especialmente el Estado burocrático, cuya forma más racional es, precisamente, el Estado moderno.
En todas partes el desarrollo del Estado moderno comienza cuando el príncipe inicia la expropiación de los titulares “privados” de poder administrativo que junto a él existen: los propietarios en nombre propio de medios de administración y de guerra, de recursos financieros y de bienes de cualquier género políticamente utilizables.
En el Estado moderno se realiza, pues, al máximo (y esto es esencial a su concepto mismo) la “separación” entre el cuadro administrativo (empleados u obreros administrativos) y los medios materiales de la “administración”. De este punto arranca la más reciente evolución que, ante nuestros ojos, intenta expropiar a este expropiador de los medios políticos y por lo tanto, también del poder político.
Esto es lo que ha hecho la revolución, y al menos en la medida en que el puesto de las autoridades establecidas ha sido ocupado por dirigentes que, por usurpación o por elección, se han apoderado del poder de disposición sobre el cuadro administrativo y los medios materiales de la administración y, con derecho o sin él, derivan su legitimidad de la voluntad de los dominados.
En el curso de este proceso político de expropiación que, con éxito variable, se desarrolló en todos los países del mundo, han aparecido, inicialmente como servidores del príncipe, las primeras categorías de “políticos” profesionales en un segundo sentido, de gentes que no querían gobernar por sí mismos, como los caudillos carismáticos, sino que actuaban al servicio de jefes políticos.
Se puede hacer “política” (es decir, tratar de influir sobre la distribución del poder entre las distintas configuraciones políticas y dentro de cada una de ellas) como político “ocasional”, como profesión secundaria o como profesión principal, exactamente lo mismo que sucede en la actividad económica.
Políticos “ocasionales” lo somos todos nosotros cuando depositamos nuestro voto, aplaudimos o protestamos en una reunión “política” hacemos un discurso “político” o realizamos cualquier otra manifestación de voluntad de género análogo y para muchos hombres la relación con la política se reduce a esto. Políticos semiprofesionales son hoy, por ejemplo, todos esos delegados y directivos de asociaciones políticas que, por lo general; solo desempeñan estas actividades en caso de necesidad, sin vivir de ellas y para ellas, ni en lo material, ni en lo espiritual.
Hay dos formas de hacer política una profesión. O se vive “para” la política o se vive “de” la política. La oposición no es en absoluto excluyente. Por el contrario, generalmente se hacen las dos cosas, al menos idealmente; y, en la mayoría de los casos, también materialmente.
Quien vive “para” la política hace “de ello su vida” en un sentido íntimo; o goza simplemente con el ejercicio del poder que posee, o alimenta su equilibrio y su tranquilidad con la conciencia de haberle dado un sentido a su vida, poniéndola al servicio de “algo”.
Vive “de” la política como profesión quien trata de hacer de ella una fuente duradera de ingresos; vive “para” la política quien no se halla en este caso. Para que alguien pueda vivir “para” la política en este sentido económico, y siempre que se trate de un régimen basado en la propiedad privada, tienen que darse ciertos supuestos, muy triviales, si ustedes quieren: en condiciones normales, quien así viva ha de ser económicamente independiente de los ingresos de la política pueda proporcionarle.
La dirección de un Estado o de un Partido por gentes que, en el sentido económico, viven para la política y no de la política, significa necesariamente un reclutamiento “plutocrático”[2] de las capas políticamente dirigentes.
El político profesional que vive de la política puede ser un puro “prebendado” o un “funcionario” a sueldo. O recibir ingresos provenientes de tasas y derechos por servicios determinados (las propinas y cohechos no son mas que una variante irregular y formalmente ilegal de este tipo de ingresos), o percibir un emolumento fijo en especie o en dinero, o en ambas cosas a la vez. Puede asumir el carácter de un “empresario”, como sucedía con el condottiero o el arrendatario o comprador de un cargo en el pasado y sucede hoy con el boss americano, que considera sus gastos como una inversión de capital a la que hará producir beneficios utilizando sus influencias. Puede también recibir un sueldo fijo, como es el caso del redactor de un periódico político, o de un secretario de partido o de un ministro o funcionario político moderno. Los partidos políticos sienten más de una reducción de su participación en los cargos de una acción dirigida contra sus propios fines objetivos.
La evolución del funcionario moderno, que se va convirtiendo en un conjunto de trabajadores intelectuales altamente especializados mediante una larga preparación y con un honor estamental muy desarrollado, cuyo valor supremo es la integridad. Sin este funcionariado se caería sobre nosotros el riesgo de una terrible corrupción y una incompetencia generalizada, e incluso se verían amenazadas las realizaciones técnicas del aparto estatal, cuya importancia para la economía aumenta continuamente y aumentará aún más, gracias a la creciente socialización.
La administración de aficionados basada en el spoils system[3] que, en los Estados Unidos, permitía cambiar cientos de miles funcionarios, incluidos los repartidores de Correos, según el resultado de la elección presidencial, y no conocía el funcionariado profesional vitalicio, está ya, desde hace mucho tiempo, muy disminuida por la Civil Service Reform. El desarrollo de la técnica bélica hizo necesario el oficial profesional, y el refinamiento del procedimiento jurídico hizo necesario el jurista competente.
Al mismo tiempo, con el ascenso del funcionariado profesional se opera también, aunque de modo mucho más difícilmente perceptible, la evolución de los “políticos dirigentes”.
Exactamente lo mismo ocurre en una empresa económica privada. El verdadero “soberano”, la asamblea de accionistas, está tan privada de influencia sobre la dirección de la empresa como un “pueblo” regido por funcionarios profesionales.
En el pasado, como antes veíamos, han sufrido “políticos profesionales” al servicio del príncipe en su lucha frente a los estamentos. Frente a los estamentos, el príncipe se apoyó sobre capas sociales disponibles de carácter no estamental:
(a) A estas capas pertenecían en primer lugar los clérigos, y eso tanto en las Indias Occidentales y Orientales como en la Mongolia de los lamas.
(b) Una segunda capa del mismo género era la de los literatos con formación humanística.
(c) La tercera capa fue la nobleza cortesana.
(d) La cuarta categoría está constituida por una figura específicamente inglesa: un patriciado que agrupa tanto a la pequeña nobleza como a los rentistas de las ciudades y que es conocido técnicamente por el nombre de “Gentry”.
(e) Una quinta capa, propia sobre todo del continente europeo y de decisiva importancia para su estructura política, fue de los juristas universitarios.
De nuevo nos encontramos con que "abogados" en este sentido, como un estamento independiente, existen sólo en Occidente y sólo desde la Edad Media cuando, bajo la influencia de la racionalización del procedimiento, empezaron a convertirse en tales los “intercesores” del formalista procedimiento germánico.
La importancia de los abogados en la política occidental desde que se constituyeron los partidos no es, en modo alguno, casual. Una empresa política llevada a cabo a través de los partidos quiere decir, justamente, empresa de interesados, y de pronto veremos lo que esto significa.
La función del abogado es la de dirigir con eficacia un asunto que los interesados le confían, y es esto, como la superioridad de la propaganda enemiga nos ha enseñado, el abogado es superior a cualquier “funcionario”. Puede hacer triunfar un asunto apoyado en argumento lógicos débiles y en este sentido “malo”, convirtiéndolo así técnicamente “bueno” en cambio más de una vez, hemos tenido que presenciar cómo el funcionario metido a político convierte en “malo” con su gestión técnicamente “mala” un asunto que en ese sentido era “bueno”.
La política actual se hace, cada vez más, de cara al público y, en consecuencia, utiliza como un medio la palabra hablada y escrita. Pesar las palabras es tarea central y peculiarísima del abogado, pero no del funcionario que ni es un demagogo ni, de acuerdo con su naturaleza, debe serlo y que, además, suele ser un pésimo demagogo cuando, pese a todo, intenta serlo. Si ha de ser fiel a su verdadera vocación (y esto es decisivo para juzgar a nuestro anterior régimen), el auténtico funcionario no debe hacer política, sino limitarse a “administrar”, sobre todo imparcialmente.
El funcionario ha de desempeñar su cargo “sine ira et studio”, sin ira y sin prevención. Parcialidad, lucha y pasión (ira et studio) constituyen el elemento del político y sobre todo del caudillo, político. El funcionario se honra con su capacidad de ejecutar precisa y concienzudamente como si respondiera a sus propias convicciones, una orden de la autoridad superior que a él le parece falsa, pero en la cual, pese a sus observaciones, insiste la autoridad, sobre la que el funcionario descarga, naturalmente, toda la responsabilidad. Sin esta negación de sí mismo y esta disciplina ética en el más alto sentido de la palabra, se hundiría toda la máquina de la Administración.
La demagogia moderna se sirve también del discurso, pero aunque utiliza el discurso en cantidades aterradoras (basta pensar en la cantidad de discursos electorales que ha de pronunciar cualquier candidato moderno), su instrumento permanente es la palabra impresa. El publicista político, y sobre todo el periodista, son los representantes más notables de la figura del demagogo en la actualidad.
Nadie quiere creer que, por lo general, la discreción del buen periodista es mucho mayor que la de las demás personas, y sin embargo así es. Las tentaciones incomparablemente más fuertes que rodean esta profesión, junto con todas las demás condiciones en que se desarrolla la actividad del periodismo moderno, originaron consecuencias que han acostumbrado al público a considerar la prensa con una mezcla de desprecio y de lamentable cobardía.
Lo cierto es que la carrera periodística continúa siendo una de las más importantes vías para la profesionalidad política, vía que no para todo el mundo es factible y menos que para nadie para los caracteres débiles, especialmente para aquellos que sólo logran su equilibrio interno cuando ocupan una situación estamental bien segura. Lo asombroso no es que haya muchos periodistas humanamente descarriados o despreciables, sino que, pese a todo, se encuentre entre ellos un número mucho mayor de lo que la gente cree de hombres valiosos y realmente auténticos.
Mientras que el periodista como tipo de político profesional tiene ya un pasado apreciable, la figura del funcionario de partido se ha desarrollado solamente en los últimos decenios y, en parte, sólo en los últimos años.
Tenemos que dirigir ahora nuestra atención a los partidos y a su organización para comprender esta figura en su evolución histórica. También estos partidos, en el sentido que hoy damos a la palabra, fueron originariamente (por ejemplo, en Inglaterra) simples séquitos de la aristocracia.
Frente a esta idílica situación de la dominación de los notables y, sobre todo, de los parlamentarios, se alzan hoy abruptamente más modernas formas de organización de los partidos. Son hijas de la democracia, del derecho de las masas al sufragio, de la necesidad de hacer propaganda y organización más rígida. La dominación de los notables y el gobierno de los parlamentarios ha concluido. La empresa política queda en manos de “empresarios” (así como el boss americano y el election agent inglés), en otros, funcionarios con sueldo fijo.
Está claro que la militancia del partido, sobre todo los funcionarios y empresarios del mismo, esperan obtener una retribución personal del triunfo de su jefe, ya sea en cargos o en privilegios de otro tipo. Lo que principalmente esperan es que el efecto demagógico de la personalidad del jefe gane para su partido en la conferencia electoral votos y cargos, aumentando, en consecuencia, hasta el máximo las posibilidades de sus partidarios para conseguir la ansiada retribución.
Weber recurre a la calificación de la democracia representativa, al menos en Europa y Estados Unidos a principios del siglo pasado, como “una dictadura basada en la utilización de la emotividad de las masas”.
¿Que representa en la actualidad, para la formación de los partidos, este spoils system, es decir, esta atribución de todos los cargos federales al séquito del candidato triunfador? Sencillamente, significa el hecho de enfrentarse entre sí, unos partidos que carecen por completo de convicciones, menos grupos de cazadores de cargos, con programas mutables, elaborados para cada elección, sin más objeto que la nunca posible conquista de votos; programas cambiantes en cada ocasión, en una medida para la cual no es posible hallar analogía en ninguna otra parte.
Para quien, por su situación patrimonial, está obligado a vivir “de” la política se presenta la alternativa de hacerse periodista o funcionario de un partido, que son los caminos directos típicos, o buscar un puesto apropiado en la administración municipal o en las organizaciones que representan intereses, como aún los sindicatos, las cámaras de comercio, las cámaras de agricultores o artesanos, las cámaras de trabajo las asociaciones de patronos, etc. Sobre el aspecto externo no cabe decir más, salvo advertir que los funcionarios de los partidos comparten con los periodistas el odio que los “sin clases” despiertan.
Desgraciadamente siempre se llamará “escritor a sueldo” a aquél para quienes se encuentren interiormente indefensos frente a esa situación y no sean capaces de darse a sí mismo la respuesta adecuada a esas acusaciones, está cerrado ese camino que, en todo caso, supone grandes tentaciones y desilusiones terribles. ¿Qué satisfacciones intimas ofrece a cambio y que condiciones ha de tener quien lo emprende? Proporciona por lo pronto, un sentimiento de poder.
Según Weber, puede decirse que son tres las cualidades decisivamente importantes para el político: (a) pasión, (b) sentido de la responsabilidad y (c) mesura.[4]
Pasión en el sentido de “positividad”, de entrega apasionada a una causa, al dios o al demonio que la gobierna. No en el sentido de esa actitud interior denominada “excitación estéril”, propia de un determinado tipo de intelectuales.
En ése un “romanticismo de lo intelectualmente interesante” que gira en el vacío y está desprovisto de todo sentido de la responsabilidad objetiva. Evidentemente no todo queda arreglado con la pura pasión, por muy sincera que está sea. La pasión no convierte a nadie en político, sino está al servicio de una causa “causa” y no hace de su responsabilidad hacia esa “causa” el norte que oriente sus acciones. Para ello se necesita (y ésta es la casualidad psicológica decisiva del político), mesura, capacidad para dejar que la realidad actúe sobre uno sin perder el recogimiento y la tranquilidad, es decir, para guardar la distancia con los hombres y las cosas. El “no saber guardar distancias” es uno de los pecados mortales de todo político y una de esas cualidades cuyo olvido condena a la impotencia política a nuestra actual generación de intelectuales.
La política se hace con la cabeza y no con otras partes del cuerpo o del alma.
Sin embargo, la entrega a la causa sólo puede nacer y alimentarse de la pasión, si ha de ser una actitud auténticamente humana y no el frívolo juego intelectual. Sólo el hábito de la distancia (en todos los sentidos de la palabra) hace posible la enérgica doma del alma que caracteriza al político apasionado y lo distingue del simple diletante político “estérilmente agitado”. La “fuerza” de una “personalidad” política reside, en primer lugar, en la posesión de estas cualidades.
El político tiene que vencer cada día y cada hora a un enemigo muy trivial y demasiado humano, la muy común vanidad, enemiga mortal de toda entrega a una causa y de toda mesura, en este caso de la mesura frente a sí mismo. La vanidad es una cualidad muy extendida y tal vez nadie se vea libre de ella.
La política estriba en una prolongada y ardua lucha contra tenaces resistencias para vencer, lo que requiere, simultáneamente, de pasión y mesura. Es del todo cierto, y así lo demuestra la historia, que en este mundo no se arriba jamás a lo posible si no se intenta repetidamente lo imposible; pero para realizar esta tarea no sólo es indispensable ser un caudillo, sino también un héroe en todo el sentido estricto del término, incluso todos aquellos que no son héroes ni caudillos han de amarse desde ahora, de la fuerza de voluntad que les permita soportar la destrucción de todas las esperanzas, si no quieren mostrarse incapaces de realizar inclusive todo lo que aún es posible. Únicamente quien está seguro de no doblegarse cuando, desde su punto de vista, el mundo se muestra demasiado necio o demasiado abyecto para aquello que él está ofreciéndole; únicamente quien, ante todas estas adversidades, es capaz de oponer un “sin embargo”; únicamente un hombre constituido de esta manera podrá demostrar su “vocación para la política”.
¿La política es amor, o lo que se trata es de vivir con amor por la política? La cita al soneto 102 de Shakespeare[5] deja al entonces oyente, hoy lector, una reflexión sobre el sentimiento que despierta la política:
Aunque débil de aspecto, mi amor está bien fuerte,
y no amo menos, sólo, porque así lo parezca.
Es mercantil amor, aquel cuya alta estima,
por doquier se pregona por lengua de su autor.
Nuestro amor era joven y por la primavera,
era cuando yo usaba celebrarlo con rimas.
Tal como Filomena cuando llega el verano,
y cierra su garganta al acostarse el día.
No es que sea el verano hoy menos apacible,
que cuando con sus himnos la noche se callaba,
pero la discordancia de todos los sonidos,
y el deleite ordinario, todo lo vulgarizan.
Igual que Filomena, yo retengo mi lengua,
ya que no quiero dar, tristeza con mi canto.
No hay que confundir el enamoramiento con el amor, como tampoco la vocación por la política con el entusiasmo por la política. La vocación es mucho más que un estado de ánimo, es una motivación persistente en el tiempo. No es una flor que se marchita con el tiempo o con los vaivenes anímicos. La vocación por la política es un amor ideal que se perpetúa en una perenne primavera.[6]
[1] N. de R.: El presente es un resumen de la conferencia dictada por Max Weber ochenta días después de finalizada la primera guerra mundial. Se señala que existen al menos ocho traducciones al español de dicha conferencia y la presente se realiza con fines didácticos para su enseñanza universitaria.
[3] N. de R.: El spoil system es aquél que permite renovar la totalidad de los empleados públicos con posterioridad a las elecciones. En la actualidad, la estabilidad del empleado público y la existencia de la carrera administrativa superaron dicho sistema, aunque la renovación de los cargos públicos no electorales se realiza respecto a los funcionarios de carácter político, con distintas variantes según los distintos Estados.
[4] N. de R.: Para Maquiavello los atributos del político (del príncipe) eran fortuna, necesità y virtù.
[5] N. de R.: El texto original del soneto en inglés dice:
My love is strengthen'd though more weak in seeming,
I love not less, though less the show appear,
That love is merchandis'd, whose rich esteeming,
The owner's tongue doth publish everywhere.
Our love was new, and then but in the spring,
When I was wont to greet in with my lays,
As Philomel in summer's front doth sing,
And stops her pipe in growth of riper days:
Not that the summer is less pleasant now
Than when her mournful hymns did hush the night,
But that wild music burthens every bough,
And sweets grown common lose their dear delight.
Therefore like her, I sometime hold my tongue:
Because I would not dull you with my song.
[6] N. de R.: Ver, al respecto: Oro Tapia, Luis R., “Invocación de Max Weber al Soneto 102 de Shakespeare”, en La política y los políticos. Una lectura desde la periferia, Santiago de Chile, RIL, 2010, p. 125.
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